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Un ESPEJO... la herida al ORGULLO

Por Sven Doehner

~ Preocupación excesiva por auto-importancia (“yo, yo, yo”).
~ Sentido de merecerse derechos especiales - “soy diferente” - “las reglas que aplican a otros no aplican en mi caso”.
~ Necesidad de ser protagonista o de exhibirse en alguna forma - de manera positiva o negativa.
~ Fantasías de dominio o de poder... en el sentido de: “si voy a poder - - - no voy a poder”.
~ Preocupación con imagen y/o con lo que piensan otros -“qué pensarán o dirán” - y/o: “lo que quiero que piensen y digan”.
~ Indiferencia básica (inconsciente y/o no reconocida) de los sentimientos de otros – a veces disfrazada.
~ Relaciones interpersonales caracterizadas por la utilización de otros - en el sentido de que el bienestar o malestar propio dependan de que otros gratifiquen necesidades y/o deseos de uno.

Estos son algunos de los síntomas observables en una personalidad formada alrededor de una “Herida Narcisista” – que puede mejor entenderse como una herida al ORGULLO.

Esta herida se origina con una madre y/o padre que ve, trata y/o utiliza a su hij@ como un “objeto” para sentirse ella o él como una BUENA madre y/o padre – sin realmente poder ver al hij@ como un ser independiente.

Cuando el/la hij@ manifiesta actitudes y comportamientos que no satisfacen o cumplen con las necesidades de los padres de sentirse seguros, buenos y exitosos, la respuesta y mensaje al hij@ es que está mal, que es malo lo que hace . . . y el/la hij@ termina teniendo que reprimirse para poder adaptarse a lo que “debe” de ser . . . para que mamá y papá y todos estén “bien”.

Imaginemos al hij@ de cuatro años corriendo hacia su madre/padre con una emoción y demanda fuerte - de rabia, de miedo - exagerado o aparentemente irracional . . . y ellos, ocupados con otra cosa, responden que no - que no debería su hij@ sentir lo que está diciendo que siente, que no es así. Ante la autoridad y el modelo de los padres, a la criatura no le queda más que abandonar las sensaciones y sentimientos de su ser - para poder quedar bien y ser aceptado por ellos.

Ante este abandono de sí, se instala en el hij@ un patrón inconsciente de abandono de sí mismo, con la esperanza de adaptarse a las expectativas de las figuras de autoridad que lo rodean. Repitiendo el modelo de los padres, se inicia un patrón inconsciente de ver y tomar a otros en cuenta como instrumentos para satisfacerle sus propias necesidades.

Se genera una dependencia en las apariencias y en otros que delata una más o menos profunda inseguridad interna, justificable ante la realidad de que uno se ha abandonado y desconectado de sí mismo.

No se desarrolla una confianza básica en las percepciones directas: la persona no sabe cómo escucharse a sí misma - o a otros. No aprende a tomar en cuenta y responder a los mensajes de su cuerpo (sensaciones físicas), o a lo que siente, intuye, y/o a lo que es verdad para sí.

Tampoco nutre o fortalece el sentido de identidad propia que llamamos “yo”, con la consecuencia de que le cuesta trabajo encontrar la indispensable combinación de apertura, sensibilidad y fuerza necesarias para tolerar las frustraciones y lograr definirse y expresarse en forma creativa y efectiva en el mundo.

En su lugar, se dan comportamientos dependientes, impulsivos, agresivos (abierta o pasivamente), compulsivos, violentos y/o destructivos, en los cuales es posible observar el intento y la necesidad de dar voz al conflicto básico interno.

O lo contrario: la persona “evita” conflictos, con malestares físicos aparentemente inexplicables y crónicos - que disculpan a la persona de ciertas realidades difíciles en su entorno, sin que sea “su culpa”. Y se va desarrollando una personalidad rígida, controladora y poco espontánea o creativa.

El abandono inconsciente de uno mismo ante la dinámica de los padres provoca una escisión - en la que la distancia entre la persona y otros corresponde a la distancia entre la persona y sí misma, despertando la defensa llamada neurosis.

La NEUROSIS se entiende como la costumbre de evadir el dolor (anticipado y/o real) de realidades difíciles de la vida, a través del instinto de huida o la de agresión. Para no confrontar un dolor que se puede percibir como aniquilante, se utilizan diferentes estrategias y tácticas, como son:

el retirar la energía del mundo - la represión, a través de:

  • negación
  • minimización
  • distorsión
  • desplazamiento (hacia otra área de la vida)
  • somatización (apareciendo como síntomas físicos)

o soltar la energía en el mundo - la actuación, a través de:

  • culpabilización
  • agresión, abierta y/o pasiva
  • comportamientos compulsivos / destructivos

La persona se separa de su dolor. Una escisión completa - ante experiencias de vida demasiado tóxicas, llenas de dobles mensajes y actos de violencia física y/o emocional - sería una psicosis, en la cual la disociación y el delirio de la persona sirven para protegerl@ de una realidad que verdaderamente amenaza su bienestar. Para sobrevivir, la persona se refugia de lo agresivo del mundo que lo rodea entrando en un mundo interior más o menos subjetivo e inaccesible para otros.

En la neurosis, la escisión es menos profunda: una parte de la persona sabe que está evadiendo el dolor de diferentes aspectos de su realidad - en su interior, no puede esconder su inseguridad, su dependencia, su sentido de insatisfacción e incompletud. Desde una perspectiva Junguiana, la neurosis es una oportunidad: el malestar provoca una irritación que obliga que la persona se enfrente a sí misma.

C.G. Jung describió la neurosis como la irritación provocada por el granito de arena que se le mete a la ostra y no la deja en paz, molestándola hasta que forma la perla: la verdadera personalidad, auténtica y única.

Eventualmente, la irritación del malestar de lo que no funciona en la vida de la persona obliga a que deje caer su coraza defensiva y enfrente el dolor de los aspectos difíciles de su realidad.

Este momento frecuentemente viene con una situación de CRISIS, que literalmente obliga a la persona a tomar en cuenta lo que ha querido evitar y/o evadir. Algo acontece en la vida: una enfermedad física, una incontrolable invasión de emociones, la necesidad de enfrentar las consecuencias de comportamientos impulsivos / compulsivos, “accidentes”, sueños o fantasías ... algo hace que la persona, hasta cierto punto contra su voluntad, cuestione la estructura familiar que lo sostiene - algo lo mueve a que se atreva a SEPARARSE de su mundo acostumbrado y conocido, y que se abra a lo desconocido de su personalidad.

Puede ser un momento de gran inseguridad y temor, en donde se pierde el aparente control para encontrarse inevitablemente con lo rechazado.

Pueden aparecer fuertes miedos ante la separación de las estructuras que mal que bien han proporcionado seguridad, acompañados por un verdadero dolor - emocional, físico y psíquico.

Cansada de luchar contra otros y el mundo, o de reprimirse y luchar contra sí misma, en algún momento la persona llega a sentir la necesidad de encarar, enfrentar y asumir el dolor de lo difícil de su realidad . . . ahora armado de la necesidad de encontrar sentido a su vida y con estructuras que no tenía en su infancia a su disposición.

Pero uno no crece y se trasciende por sí solo - todo ocurre dentro de una relación con otro. Aquí radica la importancia de una relación en donde no esté en juego la repetición de los patrones viciosos de búsqueda de intimidad y de rechazo.

Todas las heridas nacen de una relación - en toda relación aparecen las heridas - las heridas se transforman en una relación.

La terapia formal no será la solución para todo, pero sin duda ayuda. Lo que es evidente es que hace falta que ocurra algo terapéutico en la vida de la persona, en el sentido de que se atiendan a las necesidades de su alma, de su ser. Para esto se forma y prepara el buen terapeuta, habiendo pasado por las mismas necesidades, experiencias y transformaciones.

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